Por Estefanía Berlanga.
Soy parte de una generación intolerante, pero no me siento orgullosa, como algunos otros de admitirlo.
Será que he crecido en una cultura que indica que la queja poco hace y que es mejor crear iniciativas.
Las manifestaciones nunca me han encantado, pero admito que algunas, sobretodo la acontecida hoy en contra de un candidato presidencial en el Zócalo y en otras entidades del país me erizó la piel.
La cuestión con manifestarse, no se si sea exclusivo de este país (no creo), es que muchas veces estos eventos inician con una ideología genuina de descontento con algo o con alguien, la idea se convierte en una multitud, gran parte de esa multitud piensa que realmente está haciendo algo, le inyecta pasión y energía, pero casi siempre la historia es la misma: un individuo se para al frente, directa o indirectamente y alza su voz como si fuera réplica auténtica de las voces de los cientos que hay trás su espalda y entonces mancha la causa, le da forma a lo que debería permanecer amorfo y el tumulto se fractura.
Soy parte de una generación que ya despertó, el problema es que aún más importante que despertar es levantarse, de nada sirven los ojos abiertos cuando sigues postrado en la cama y creo que apenas estamos intentando descubrir como pararnos. Es complejo y doloroso, los músculos siguen dormidos por la lenta circulación, pero a medida que queramos y que intentemos sentir cada parte que nos conforma iremos acercándonos a ponernos de pie.
¿Quejarme de los quejosos? Yo no llamaría queja a lo que escribo, es una crítica que no busca culpar a nadie, a ninguna generación, en este país está de más señalar con el dedo cuando todos tenemos un tatuaje en la frente que dice "culpable" pero cada día me sorprende más de que aún existen muchas personas que no toleran la posibilidad de que quizás, muy en el fondo, también son parte del problema existente y de la solución posible (la ceguera es cómoda, es la bandera del egoísta).
Lanzarte a criticar al aire y esperar un cambio es como creer que un solo jugador de un equipo de once marcará los dos goles decisivos en 3 minutos (Sí Oribe, tu lo hiciste, ese es el resultado de la fórumla mágica de una pizca de talento y otro mucho tanto de corazón). Mi punto es que si no hay un sustento técnico y premeditado los resultados nunca serán tan efectivos como podrían ser.
Soy parte de una generación que se úne a todo lo que tenga escrita la palabra "revolución". A mis contemporáneos aún les falta mucho de análisis y de crítica y menos de crédulos que exhiben verídico algo que por simple apariencia puede o no serlo. Quizá por esa crisis de análisis hice este blog, al menos sé que nadie pondrá en el título de mi página una causa que no sea la mía.
No sé a cuantos ojos lleguen mis letras ni cuantas conciencias de esos pares de ojos se dispongan a reflexionar. Solo sé que disfruto mucho escribir, que me preocupa enormemente mi país, y que plasmaré cada ideal que fabriqué o con el que comulgue totalmente.
Soy parte de una generación intolerante, pero no me siento orgullosa, como algunos otros de admitirlo.
Será que he crecido en una cultura que indica que la queja poco hace y que es mejor crear iniciativas.
Las manifestaciones nunca me han encantado, pero admito que algunas, sobretodo la acontecida hoy en contra de un candidato presidencial en el Zócalo y en otras entidades del país me erizó la piel.
La cuestión con manifestarse, no se si sea exclusivo de este país (no creo), es que muchas veces estos eventos inician con una ideología genuina de descontento con algo o con alguien, la idea se convierte en una multitud, gran parte de esa multitud piensa que realmente está haciendo algo, le inyecta pasión y energía, pero casi siempre la historia es la misma: un individuo se para al frente, directa o indirectamente y alza su voz como si fuera réplica auténtica de las voces de los cientos que hay trás su espalda y entonces mancha la causa, le da forma a lo que debería permanecer amorfo y el tumulto se fractura.
Soy parte de una generación que ya despertó, el problema es que aún más importante que despertar es levantarse, de nada sirven los ojos abiertos cuando sigues postrado en la cama y creo que apenas estamos intentando descubrir como pararnos. Es complejo y doloroso, los músculos siguen dormidos por la lenta circulación, pero a medida que queramos y que intentemos sentir cada parte que nos conforma iremos acercándonos a ponernos de pie.
¿Quejarme de los quejosos? Yo no llamaría queja a lo que escribo, es una crítica que no busca culpar a nadie, a ninguna generación, en este país está de más señalar con el dedo cuando todos tenemos un tatuaje en la frente que dice "culpable" pero cada día me sorprende más de que aún existen muchas personas que no toleran la posibilidad de que quizás, muy en el fondo, también son parte del problema existente y de la solución posible (la ceguera es cómoda, es la bandera del egoísta).
Lanzarte a criticar al aire y esperar un cambio es como creer que un solo jugador de un equipo de once marcará los dos goles decisivos en 3 minutos (Sí Oribe, tu lo hiciste, ese es el resultado de la fórumla mágica de una pizca de talento y otro mucho tanto de corazón). Mi punto es que si no hay un sustento técnico y premeditado los resultados nunca serán tan efectivos como podrían ser.
Soy parte de una generación que se úne a todo lo que tenga escrita la palabra "revolución". A mis contemporáneos aún les falta mucho de análisis y de crítica y menos de crédulos que exhiben verídico algo que por simple apariencia puede o no serlo. Quizá por esa crisis de análisis hice este blog, al menos sé que nadie pondrá en el título de mi página una causa que no sea la mía.
No sé a cuantos ojos lleguen mis letras ni cuantas conciencias de esos pares de ojos se dispongan a reflexionar. Solo sé que disfruto mucho escribir, que me preocupa enormemente mi país, y que plasmaré cada ideal que fabriqué o con el que comulgue totalmente.
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