Por Estefanía Berlanga.
Busco y sigo buscando en un tinte que se va convirtiendo poco
a poco en el de la desesperación una decisión concreta de por quién votar, pero
me está resultando una labor titánica y ninguno de los candidatos hace algo
para ponérmela más fácil y eso se los reprocho enérgicamente. No espero un
cambio de 180° en el país, creo que aunque son tiempos difíciles México tiene
muchísimas cosas buenas con las que hay que continuar, otras que debieron ser
erradicadas hace tiempo y otras que necesitan modificarse.
Estas elecciones pueden resultar un buen aprendizaje de que
si seguimos esperando sentados a un superhéroe veremos los años pasar en vano.
Sin embargo, cual hipnotismo, hay quienes siguen apostando
todo por un candidato, creyendo ciegamente en un hombre o una mujer de los que
no conocen más que su imagen, sus principios de dudosa procedencia o ideologías
que cambian en cada contienda que enfrentan.
AMLO por ejemplo, cambió radicalmente de ideología
partidista al fundar al PRD luego de ser enérgico miembro del PRI.
Josefina ha delegado varios puestos que ha tenido que
cambiar en su corta carrera política que es de preocuparse la sospecha de que
no tiene suficiente autoridad en sus designaciones y que quizás sea otra
persona quien mueve sus piezas aunque ella termina siendo la que paga los
platos rotos.
Peña Nieto en cambio ha seguido desde sus inicios una misma
línea partidista e ideológica, pero no por ser constante significa que estás en
lo correcto, si acaso eso te haría medianamente congruente, lo mínimo que se
espera de un bien educado por un grupo como el de Atlacomulco.
Hoy en día no hay un candidato en el cual se pueda depositar
toda la confianza, ninguno tiene la
espalda tan ancha como para recargarle nuestra patria y mucho menos nuestra
esperanza.
Cuando dejemos de gastar nuestra energía, nuestro ingenio y
sobre todo nuestro tiempo alabando a algún político y criticando
destructivamente a otro menos afortunado e invirtamos dichos recursos en algo
útil, entonces quizás, las cosas como las conocemos comiencen a mejorar.
En fin, mi voto, termine siendo por quien termine siendo,
representa mucho más de lo que realmente es, representa mi derecho a contribuir
en un forzoso cambio, a creer que dicho cambio traerá consigo más cosas buenas
que malas, a entender que hay quienes quieren mucho de lo que yo quiero y que
hay otros que desean todo lo opuesto y no por eso están bien o yo lo estoy,
también es una herramienta con la que se te restriega que eres solo uno más,
que no importan tus conocimientos previos y toda la reflexión que hay detrás de
tu visita a la urna, porque a fin de cuentas solo eres un voto, vale lo mismo
que el de alguien que no sabe leer y que vota sin saber porque o por quien, de
esos lamentables casos en los que se lucra electoralmente con la ignorancia. Pero
también, el ejercicio electoral te dice que tu voto vale lo mismo que el de una
persona poderosa, con dinero, con influencias. Así funciona la democracia, el
único día en el que pareciera que todos somos iguales. Lástima que solo sucede
una vez al año y que antes y después de ese día la realidad es totalmente
distinta.
Votar es una forma de
hacerte responsable de todos los males de la patria por contribuir a que ganara
el villano o lamentarte al votar por el héroe sin corona, o decepcionarte aún
más si ese héroe tiene la corona y luego se vuelve un tirano, siempre pasa,
porque si ves a un héroe en un candidato es porque aún no entiendes que un solo
hombre o un solo partido no mejorará al país o porque son tus primeras
elecciones y aún no has sido decepcionado, en fin, todo lo anterior es el
precio de ese famoso "voto razonado" por el que los ciudadanos que
nos jactamos de responsable nos informamos. Bendita democracia queridos
lectores, se luchó y se sufrió tan ciegamente por tenerla hace cien años que
cuando se conquistó no se supo que hacer con ella, pero sin importar si la
entendemos o la queremos, en julio estará a la vuelta de la esquina, los invito
a aprovecharla. Hasta la próxima.
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